Voces magistrales: Carlo Bergonzi

Carlo Bergonzi es de esos cantantes que, sin dar una nota más alta de lo debido(vamos, no consta polémica alguna con otros compañeros), destaca por una forma de interpretar sus roles. El primer recuerdo que tengo de él es una excelente versión de La traviata junto a Joan Sutherland, de la que obtuve su versión en cassete, luego en CD y el legal Spotify. Obviamente, dispongo de otras versiones de otras óperas en las que este parmesano internacional deja muestra de su arte.

Nacido en 1924 tiene en su historia un punto de inflexión en 1951, con veintisiete años. Ya había hecho su debut como Fígaro en “El barbero de Sevilla” en un pequeño teatro de pueblo porque Carlo Bergonzi había encaminado sus primeros pasos como barítono. Son esos primeros roles los que interpreta hasta que comprueba que puede dar el paso a interpretar papeles de tenor. A ello se dedica hasta que, en el citado 1951, debutó en Barí como Andrea Chénier con éxito pero indicando que el camino aún se tenía que recorrer.

Durante la década de los 50 va debutando en los mejores teatros operísticos.Se va haciendo un nombre con una excelente actuación pero sin excesos mediáticos, que lo diferencian de otros más afamados como el propio Pavarotti o Di Stefano. Durante los años posteriores se fue consolidando entre los grandes de la lírica, aportando una discografía de gran valor. A pesar de haber intervenido en los grandes teatros de la ópera, hubo uno que se le resistió y demostró aquello de “Nadie es profeta en su tierra”: el teatro Regio de Parma, su tierra natal(bueno, es de un pueblo cercano a la ciudad llamado Polesine Parmense).

Una de las características más claves del tenor parmesano ha sido su técnica de canto en la que destaca un excelente fraseo, una elegancia que le permitió llevar adelante a la perfección roles verdianos. Su repertorio es verdiano por excelencia pero también llevó a cabo el verista(Puccini, Mascagni, Giordano,Catalani, Leoncavallo) y, en mucho menor grado, el belcanto(Donizetti y Bellini).

Tras el final de su carrera, en 1995, estuvo encaminado, como muchos cantantes, a la formación de jovenes valores. También se tuvo en cuenta para homenajear a otros grandes como el director de orquesta James Levine. Acabamos esta entrada con la interpretación de “Quando le sere al placido”, de la ópera “Luisa Miller” que hizo en el citado homenaje al mítico director de orquesta del Metropolitan neoyorquino.